NEGRO: EL GÉNERO ESPEJO
Juanjo Fernández

El genero negro tardó en ser reconocido, conocido ya lo era, y leído. Yo lo leía en las guardias que me tocaba hacer como fotero en las puertas de los juzgados; lo leía en autobuses o trenes –aviones pocos se cogían por aquel entonces–; lo leía, y mucho, en el metro; lo leía en la cama, en el sofá, en las salas de espera. Ahora, no solo es reconocido sino además amplificado por su facilidad para ser llevado a pantalla. Lo sigo leyendo y sigo encontrando en él el género que mejor nos refleja como individuos y como sociedad. Por eso atrae tanto, por eso mismo asusta más.
La primera novela negra que leí no era ni una novela. No recuerdo su título ni su autor. Solo recuerdo que la leí en la aldea gallega de las Rías Altas donde veraneábamos. Mi tía era viuda; los veranos ocupábamos su casa en Santiago, un piso grande cuyo pasillo me servía para hacer carreras de autos. Un día apareció un señor que lo seguiría haciendo los siguientes fines de semana, siempre con dos docenas de rosas rojas y una caja de percebes o nécoras. Luego mi tía y el señor se casaron. Se acabo el marisco y las rosas, pero empezamos a veranear en Canedo, en una casa de piedra como todas las casas de piedra llena de magia y misterio.
Ahí empezamos a veranear las tres familias, con los diez primos y la tía Milucha. Mi tía Isa tenía un librito rojo, una recopilación de cuentos o novelas o relatos, qué sé yo, y yo leí uno que me impresionó, mi primera historia del género. Ya había leído libros de Agatha Christie, pero aquella era diferente. Un joven lucía orgulloso en su espalda el parche de la pandilla en la que por fin había logrado entrar. Y justo por llevarlo, otro le apuñalaba y dejaba que se desangrara en el suelo. Y yo estaba en la edad de soñar con ser pandillero.
La siguiente novela la recuerdo perfectamente. Me la regaló Patxi. Patxi era un amigo de la facultad. Era de Falces, ese pueblo de Navarra donde hacen los encierros lanzando los toros desde lo alto de una peña, el Pilón, por un camino estrecho y serpenteante. Patxi me regaló unos pantalones punkis ajustados que me quedaban grandes, una cinta de Joy Division y Acaso no matan a los caballos de Horace McCoy. Sus páginas era como cuchillas afiladas que cortaban la mirada. Esa maldad gratuita, ese asesinato por petición, casi entendible, esas frases mínimas que con tan poco contaban tanto. Aquello, no era una investigación de Poirot o Holmes, era otra cosa.
Luego ya llegaron los clásicos, El halcón maltes o Cosecha roja de Hammet; El sueño eterno de Chandler. Y no paré, con los américanos llegaron otros de aquí mismo. Se acabaron los veraneos en Galicia y llegaron viajes sin orden ni concierto, cuando ni había low cost ni Airbnb, pero siempre un libro en la mochila. Jim Thomson o Boris Vian. Ya se estaban escribiendo cosas serias y en entornos políticos y politizados; ya estaba Montalbán guiándonos por los vericuetos de la transición de la mano de Carvalho, Charo y Biscuter. Ya González Ledesma nos la contaba desde Barcelona. Yo reconozco que de eso me enteraría mucho más tarde, como de tantas otras cosas. Pero el género quedo para acompañarme y ayudarme a entender eso que pasa cuando creemos que no pasa nada, porque pasa en ese espacio que no visitamos: la noche, los burdeles, los arrabales, los puertos, las áreas de descanso de las autopistas, los despachos de políticos o banqueros, las dependencias policiales…
Luego las historias saldrían de lo urbano para ocupar otros espacios, más naturales, más desolados, más domésticos. Y mientras, yo viajaría al otro lado del mundo para quedarme un tiempito; y ahí encontrar las mismas historias, iguales desgracias, pero con otro acento, con otras formas, una violencia más familiar, más cercana, tan próxima, mucho más sobrecogedora.
El género sigue mostrando ese lado que cada vez está más cerca, quizás siempre lo ha estado y evitábamos mirar en su dirección. Ahora que se ha puesto de moda y conquistado las pantallas deberíamos alegrarnos de que desde la ficción nos ayuden a entender nuestro día a día. Tan solo tenemos que distinguir qué está escrito o filmado para que lo entendamos y qué para distraernos sin pensar ni entender el día a día.
