FOTOGRAFÍA POLICIAL Y CRIMINALÍSTICA
El nacimiento de la imagen como instrumento de identificación y control
Retrato policial. Francia, 1920. Placa de vidrio 9 x12 cm. Colección Mur.

Las primeras fotografías de delincuentes se realizaron durante la época del daguerrotipo, aunque las características del procedimiento (largos tiempos de exposición, soporte único y fragilidad de la imagen) dificultaban su utilización sistemática. Con la posterior introducción del negativo y la posibilidad de obtener múltiples copias sobre papel, la fotografía adquirió mayor importancia para las instituciones policiales.
Inicialmente, estos retratos seguían las convenciones de la fotografía comercial. El delincuente era representado de manera semejante a cualquier cliente de un estudio fotográfico, siguiendo modelos próximos a la carte de visite popularizada por André Adolphe Eugène Disdéri. Sin embargo, la falta de criterios homogéneos en cuanto a iluminación, distancia, posición o escala, reducía considerablemente la eficacia de estas imágenes para la identificación.
La sistematización de la fotografía judicial estuvo estrechamente vinculada a Alphonse Bertillon (1853-1914). Incorporado en 1879 a la Prefectura de Policía de París, desarrolló un método de identificación basado en la combinación del retrato fotográfico, la descripción física y una serie de mediciones antropométricas. El denominado bertillonaje supuso un importante avance en la organización de los archivos policiales.
En 1890, Bertillon publicó La Photographie judiciaire, donde estableció las condiciones que debían seguirse en la realización de la fotografía policial. Frente al retrato comercial, este debía eliminar cualquier pretensión estética y responder a criterios estrictamente documentales. No podía realizarse ningún retoque y tenían que permanecer visibles cicatrices, lunares, deformidades y demás rasgos particulares que pudieran contribuir a la identificación.
Bertillon normalizó igualmente las condiciones técnicas de la toma: iluminación homogénea, distancia constante y posición controlada del individuo. Para ello recurrió a un asiento con dispositivos destinados a mantener correctamente la posición del cuerpo y la cabeza. Su sistema combinaba dos fotografías: una frontal, destinada principalmente al reconocimiento, y otra de perfil, especialmente útil para la identificación de determinados rasgos fisonómicos. Las imágenes se acompañaban de información relativa a la altura, el color de los ojos y características de la nariz, boca y orejas, además de otras particularidades físicas.
El sistema antropométrico se extendió rápidamente entre numerosos cuerpos policiales. En España comenzó a implantarse a finales del siglo XIX como procedimiento de identificación. No obstante, presentaba limitaciones importantes, especialmente la posibilidad de errores humanos durante las mediciones y la existencia de individuos con características semejantes. El progresivo desarrollo de la identificación mediante huellas dactilares terminaría convirtiéndose en un procedimiento más fiable.
La fotografía policial y criminalística se desarrolló en un contexto intelectual marcado por el positivismo y por las nuevas teorías sobre la delincuencia. Cesare Lombroso, considerado uno de los fundadores de la antropología criminal, defendió que determinadas características físicas podían revelar una predisposición hacia el delito. Su teoría del “delincuente nato” establecía categorías basadas en supuestas anomalías anatómicas y comportamentales. Enrico Ferri y Raffaele Garofalo ampliaron estas teorías incorporando otros factores sociales y jurídicos.
La pretensión de encontrar patrones visuales capaces de definir grupos humanos tuvo también una singular manifestación en los experimentos fotográficos de Francis Galton. Mediante la superposición de diferentes retratos sobre una misma imagen, Galton buscaba obtener tipos fisonómicos comunes. Estas investigaciones muestran hasta qué punto la fotografía fue considerada durante el siglo XIX un instrumento aparentemente objetivo para clasificar, comparar y establecer categorías humanas.
La aportación de Bertillon no se limitó al retrato de identificación. También estableció procedimientos para documentar fotográficamente la escena del crimen. El lugar debía fotografiarse antes de modificar o retirar cualquier elemento, combinando vistas generales y fotografías de detalle e incorporando referencias métricas que permitieran determinar dimensiones y distancias. Estos principios constituyen antecedentes directos de la fotografía forense.
La fotografía transformó profundamente los procedimientos policiales y judiciales. Su incorporación a los archivos permitió registrar y comparar identidades, documentar indicios y establecer nuevos sistemas de clasificación.
Desde finales del siglo XIX, la imagen fotográfica trascendió su función representativa para convertirse en una herramienta fundamental de vigilancia e investigación criminal, sentando las bases de muchos de los protocolos documentales que, progresivamente adaptados, continúan vigentes en la actualidad.
Bárbara Mur Borrás*
*Doctora en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, especializada en fotografía. Comisaria independiente y gestora cultural.

