
¿COLOR O BLANCO Y NEGRO?
Como fotógrafo profesional especializado en reportaje editorial, una de las prioridades que siempre he tenido –tampoco me quedaba más remedio- es decantar mi trabajo hacia el blanco y negro o el color.
*Tino Soriano es fotógrafo y escritor. Ha sido premiado por la UNESCO, la OMS, la Fundación World Press Photo y es poseedor de cinco galardones FotoPress.
Como fotoperiodista empecé a trabajar con imágenes monocromas, pero enseguida tuve que cambiar de registro porque los directores de las revistas afirmaban que el público prefería el color al blanco y negro. Pero yo sabía la razón que les impelía a exigir que prescindiera del monocromo: el color es más agradecido en su coexistencia con la publicidad. Aparte, cuando se trata de generar impactos dirigidos al corazón de la audiencia, el color tiene una doble vertiente: utilizado racionalmente influye en la mente del espectador.
Por un lado, el color distrae. La primera reacción que tiene el cerebro ante su presencia es activar los resortes que afectan a la supervivencia, relacionándolos con las señales emitidas por cada color. Esta acción afecta al contenido y a la comprensión de la imagen. Desde este punto de vista las dominantes serían un buen exponente. Cuando fotografías un paisaje, por ejemplo, una atmósfera cálida indica que el escenario se muestra en horas de sol bajas; de manera que la temperatura exterior es más fría que a mediodía, cuando el sol está próximo, y una dominante azulada alerta al cerebro del incremento de la radiación ultravioleta, con todas las connotaciones negativas que esta ejerce sobre la piel de las personas. Nuestro inconsciente procesa todo eso al detectar el aumento de la luz azul.
Por otra parte, el color también aporta. Frío, calor, pureza, sensualidad, ecología, tecnología… los colores se utilizan para reforzar determinados conceptos. En la comida, por ejemplo, es habitual el uso de colorantes hasta el punto de que rara vez ves un plato azul. Lo saludable es la comida verde, aderezada con pequeñas aportaciones del rojo; mientras que los colores corporativos de determinadas empresas se suelen valer de tonalidades frías o neutras para infundir confianza. En una gama opuesta, los colores vistosos propugnan fiestas y alegres vacaciones. Las salidas y las puestas de sol espectaculares tienen colores cálidos y por eso no es fácil imaginar un crepúsculo azulado. La función del cerebro, que al fin y al cabo inventa los colores, es procesar esta información para hacerla más eficiente. El resultado es que a menudo el lector se ancla en esa primera lectura y se limita a juzgar la buena distribución cromática de una imagen, (o bien, como hemos visto, sopesar la información vital y emotiva que expresa cada color), y no accede a la segunda pantalla; la que aporta el contenido propiamente dicho: el alma de las fotografías.
En fotografía y pintura utilizamos también las dominantes o las gamas de colores para reforzar el mensaje. Por ejemplo, en los bodegones que solían ilustrar los calendarios que antaño se colgaban en las paredes, a veces durante un año entero, primaban los ocres. Gracias a esa decisión, el paso del tiempo no hacía mella en la percepción que los moradores de la vivienda tenían de la imagen que acompañaba el calendario. En otras palabras, no se cansaban de verla, porque los ocres resisten bien la mirada perpetua; al contrario que el amarillo, que es el color que primero percibimos, pero también el que más cansa: un color efímero, pero perfecto para localizar un taxi entre la densidad del tráfico.
Vista pues la influencia del color para reforzar los mensajes, vale la pena reflexionar sobre lo que supone su ausencia. Si rompemos la cáscara de una nuez y observamos su contenido descubrimos que la semilla es muy diferente, tanto en aspecto como en sabor, de la cobertura. Delante de una imagen en blanco y negro el cerebro está eximido de efectuar un análisis previo, y, como si observara directamente el interior de la nuez, accede directamente a los misterios que suelen estar presentes en una buena fotografía. Entonces las líneas, las curvas, las texturas, los volúmenes crean un entramado que dirige a la mirada hacia lo que realmente aporta las claves necesarias para entender el contenido.
Una imagen en blanco y negro, a veces, es una bofetada sobre la mente del espectador: el mensaje se revela sin tapujos, entre blancos, negros y grises, a partir de una dimensión desconocida respecto a cómo vemos el mundo. No verás en blanco y negro un prospecto turístico invitándote a disfrutar de unas vacaciones y no es infrecuente que, en una muestra de fotoperiodismo del bueno, el color no sea la única alternativa.

