Pilar Ucar
¿SEPULCRO Y CÁRCEL?
El cuerpo femenino en la literatura universal
Pilar Úcar Ventura*

Ya lo anticipaba con buen tino el conceptista Quevedo: la caducidad del cuerpo es ineluctable.

 

Hay cuerpos enamorados, estoicos, trascendentales, grotescos, belicosos, poéticos. Todo depende del color del cristal -literario- con que han sido mirados y ¿admirados?

 

El cuerpo, esa estructura física y orgánica del ser humano que se organiza en sistemas y tejidos, que trabajan en conjunto para mantener la vida, es una carcasa que sostiene el hálito vital; todo un auténtico protagonista de la literatura que se ha hecho eco de cómo referenciarlo, de cómo describirlo; ese recipiente no ha sido ajeno al vaivén de variadas y variopintas perspectivas desde su génesis: costilla del varón bíblico apunta un modelo tan gráfico como significativo. A partir de ahí, las hechuras se han tejido y deshilvanado alrededor del cuerpo femenino según venían dadas las épocas con su ideario, su cultura, sus normas y con la percepción de las coordenadas espaciotemporales.

 

Hasta nuestros días… Qué pensarán Bell Hooks, Maaza Mengiste, Marian Engel si recuerdan que en el siglo de Oro el “recipiente” femíneo era templo de honestidad y ¡ay! si resultaba profanado: la honra de la mujer y de su familia, al garete, se volatilizaba y quedaba marcada para siempre. Había que preservar la “vasija” en la alacena sin rozarla, por más que fuera atractiva y provocadora. Solo para su atenta y vigilante contemplación. Casi un ideal platónico. Convenía ocultar domésticamente el “cuerpo” del delito, pues también era significado como tentación y pecado.

Siempre me gustó el atrevimiento de Florencia Pinar, poeta de la corte de Isabel la Católica; sus versos animaron a las mujeres a disfrutar de los placeres físicos, a dar rienda suelta a sus pasiones: cuerpos deseables que desean.

 

Shakespeare plasma a Julieta como un cuerpo de posesión patriarcal, materia de trueque, condenada a obedecer y cumplir con el mandato de la reproducción; Tirso y Zorrilla presentaron a doña Inés cosificada y pasiva, objeto de conquista y redención masculina. Desvitalizada e inane.

 

En Lope de Vega aparece la mujer travestida, disfrazada de varón, llena de humor y transgresora: La moza de cántaro (Austral, 1989), entre otros títulos, muy del gusto del público, reclamando la independencia de sus propios pensamientos, como cuerpo que siente y posee capacidad intelectual y física. Sor Juana Inés de la Cruz en el siglo XVII no tuvo empacho en proclamarlo a los cuatro vientos, igual que en Tartufo (Cátedra, 2024) de Molière.

Madame La Fayette publica La princesa de Cléveris (Nórdica, 2014), una novela psicológica anticipatoria de La Regenta (Siruela, 2012) y Madame Bovary (Edaf, 1985), protagonistas que comparten un rotundo soporte atormentado y doliente; cuerpos de sumisión restrictiva, sensuales e insatisfechos, en constante duda e inquietud que terminan desplomados.

 

Cuerpos que resisten, piden, esperan… cuerpos vivos en medio de la naturaleza como Jane Eyre (Alianza, 2020), gritando libertad.

El cuerpo de la mujer ha sido símbolo de vida y muerte, subversivo frente a los convencionalismos sociales, frágil y reivindicativo: Yerma (Cátedra, 2006), seca y obsesiva, hace del suyo un receptáculo que desea fértil sin conseguirlo.

Sí, Quevedo siempre amó a la MUJER, con mayúscula, porque quizá el cuerpo que albergaba a la mujer, con minúscula, asustaba, atraía, imponía, sentía y pensaba.

*Pilar Úcar Ventura es escritora y profesora de Lengua y Literatura en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid. 


 


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