El cuerpo negro
EL CUERPO NEGRO
El inquietante color que no es color.
Lorena Sánchez*

Atraídas por la luz, las polillas revolotean borrachas hacía un destino fatal. Pero la luz no existió siempre. Ocurrió el Big Bang y el universo fue denso y oscuro durante 380.000 años. Fue entonces cuando un rayo inmaculado escapó de la sopa y amaneció el cosmos. Aún hoy, en el universo reina la oscuridad y las estrellas apenas son guindas en el vacío. El infinito es intuitivamente negro, como la noche, el Coco, el caos.  También son negras las revoluciones: el punk, los góticos, la anarquía. El puño en alto del Black Power, el luto de #NiUnaMenos por las mujeres ausentes.

El primer cuadro monocromo llegó para cambiar la historia:  Cuadrado negro, de Kazimir Malévich (1915) significó una ruptura radical con la tradición figurativa y marcó el acta de nacimiento de la abstracción pura: sin figuras, sin relato, sin luz. 

Como la obra de Malévich, el negro en ciencia también significó un desgarro, un antes y un después. Un cuerpo negro, ideal, teórico, que no existe, fue el punto de partida de la revolución cuántica que ha desbordado los límites de la razón. El escritor chileno Benjamín Labatut explora ese vértigo en Un verdor terrible (Anagrama, 2020): el momento en que comprender el mundo de otra manera implica dejar de entenderlo como antes. 

Todo empezó con un problema técnico que a los físicos se les atragantaba: la radiación de un cuerpo negro perfecto. 

Un cuerpo así, teñido de oscuridad, absorbería toda la luz, pero –como hacen todos los cuerpos calientes- emitiría radiación térmica. La física clásica predecía que a altas frecuencias, la energía térmica emitida crecería sin límite, y en un cuerpo negro ese límite sería el infinito. Entre los clásicos, el infinito no es admisible como una posibilidad. Así que estaban ante un absurdo: la “catástrofe ultravioleta”.

A comienzos del siglo XX, Max Planck le dio la vuelta al problema. Planck encontró que la energía no se intercambia de forma continua, sino en paquetes mínimos a los que llamó cuantos. Estos cuantos introdujeron un límite natural y frenaron el infinito. El enigma del cuerpo negro quedó resuelto, y con él la catástrofe.

Los cuantos de Plank y el cuerpo negro significaron el comienzo del nuevo mundo en el que estamos inmersos. El historiador José Manuel Sánchez Ron narra con rigor ese proceso en su Historia de la Física Cuántica (Crítica).

«Dios no juega a los dados», exclamó el incrédulo Einstein ante gatos al mismo tiempo vivos y muertos, donde la Luna solo existe si la miramos. Es una de las frases más famosas de la historia. Pero me gusta más la respuesta de Niels Bohr: 

«No seremos nosotros quienes le digamos a Dios lo que puede o no puede hacer».

Hoy Dios ya importa poco en ciencia, pero en este amanecer cuántico hasta la oscuridad es nueva. Un negro inmenso queda pendiente.

*Periodista científica, responsable de ciencia y coordinadora de eventos en The Conversation


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