
METÁFORA NÁUFRAGA
TLas metáforas se desvanecieron con la hidráulica de Harvey.
Jochy Herrera*
El desmembramiento de la cristiandad con la caída de Constantinopla, la aparición de la imprenta y la colonización del “Nuevo mundo” desencadenaron un imperecedero interés por lo físico; el cuerpo, otrora estático, adquirió libertad e ímpetu propio. La contemplación que le hizo inerte se transformó en observación dinámica, asunto plasmado por Da Vinci en el Códice Leicester, incluyendo sus ideas sobre el movimiento de los fluidos y la luminosidad de la luna. Galileo, por su parte, coprotagonista de la revolución científica post renacentista, elabora los fundamentos de la hidráulica y la caída gravitacional sentando las bases físicas y matemáticas del movimiento y la función de las bombas en los tempranos años 1600.
Desde la antigua Mesopotamia, el molino y la rueda noria habían reflejado nuestra obsesión por multiplicar la fuerza a fin de sobrevivir y dominar; el habitante de la Europa en gestación traspasará lo agrícola creando máquinas transformadoras de la energía mecánica en energía de fluidos: bombas volumétricas, manuales y neumáticas, que con certeza inspirarán a un decidido joven inglés a trasladarse a Padua a fin de hacerse médico. Al William Harvey “descubridor” de la circulación sanguínea y transformador del corazón símbolo en el corazón mecánico motivo de estas disquisiciones.
El pensamiento de María Zambrano constituye una robustísima apuesta referente de la conceptualización de la metáfora dentro de la modernidad, sobre todo como enlace entre poesía y filosofía. La española abraza al corazón metáfora para gravitar sobre él como núcleo de innovadoras ideas priorizando lo afectivo y lo emotivo sobre lo puramente racional. Para ella, él es un motor acogedor de la vida, centro moviente, dinámico y creador que la hace transitar dentro de sí: “Las habitaciones del hombre, han sido construidas a imagen del corazón, como cavidad acogedora en cuyo interior se es libre de circular, a diferencia de la tienda en cual el horizonte aprisiona y limita”.
Resultado de su ubicua difusión, el corazón metáfora, proponemos aquí, parece haber perdido su rango privilegiado en la experiencia personal mientras es compartido por tantos otros con propósitos similares. En este “desgaste”, ha abandonado su originalidad y simbolismo transformado en clisé particularmente en lo referente al amor terrenal a causa del abuso de su perfil de Eros a manos de la prostitución de los cuerpos sexuados. Así, artículos de bisutería, canciones, artefactos culinarios y cosméticos dedicados a su explotación mercantil, han hecho de él un banal dispositivo de consumo.
El progreso científico también ha despojado dicho órgano de su protagonismo metonímico trasladando al cerebro carácter, razonamiento y sentir; el corazón, por ende, ha dejado de constituir principio y origen a manos de la tecnología. Un arquetípico ejemplo es el trasplante cardiaco, procedimiento salvador de vidas arrebatadas de las fauces de la muerte que ha borrado la idea del corazón pletórico de compasión innata a “su entrega al otro” mientras su donación acontece en total anonimato. Le ha despojado del magnánimo rol de asiento del amor porque (afortunadamente) él es intercambiado como artefacto mecánico entre receptores y donantes para los cuales, aquel sentimiento, a decir verdad, es la menor de sus preocupaciones.
Pocas metáforas han sobrevivido la contemporaneidad de la inmediatez siglo XXI; destacan dos: Dios, renovada faz de tótem útil, y el mástil donde amor y sentimiento, dolor y pesar, incertidumbre y esperanza, abrazan la condición humana resguardada: el corazón refugio que a través del existir encarnó toda suerte de interpretaciones divinas, filosóficas, y artísticas desde Pascal y Paracelso al místico San Agustín. Fue Harvey, sin embargo, quien en el joven siglo XVII explica por primera vez el perpetuo circuito sanguíneo alimentado por los rítmicos latidos cardíacos. Ese fuelle hidráulico transformado en bomba provocador de la vibración del pulso en nuestro cuello o brazos, segundo tras segundo, leitmotiv fundamental sostén de todo lo viviente.
En su obra magna, De motu cordis, el inglés demostró cómo los vasos sanguíneos se llenaban de la sangre de ambos ventrículos casi al unísono, y que el origen del pulso es la contracción cardíaca. Hoy, ese corazón hipermoderno a cuidar con dietas y ejercicio, tirano que mata más que cualquier mal en cualquier lugar del mundo, no cree en metáforas. Ellas se desvanecieron con la hidráulica de Harvey. Con razón, decía Juan Gelman, nadie estudia las arterias del mal, y no hay remedio, porque desde hace tiempo desaparecieron las farmacias del alma.
William Ospina considera al corazón concepto fantástico, imaginario y múltiple siempre presente en la lengua del poeta. Por eso relata su experiencia en la India a través de un texto que le fue entregado cerca del Ganges mientras dirigía su atención a una muchedumbre viva y sedienta de purificación entre las aguas junto a las humaredas de los piros de sándalo incinerando cadáveres, de acuerdo con la tradición hindú.
El hombre que me guía es de la casta de los brahmanes./Ha entreabierto los pliegues de su camisa, y me ha mostrado las cuerdas blancas, ocultas, que revelan su casta./Le pregunto cuanto tardan en arder los cadáveres, y solo guardo en el recuerdo que las mujeres tardan más que los hombres./Me explica que los hombros y el pecho de las mujeres son demasiado fuertes, incluso para el fuego./Y lo que tarda más en deshacerse, me dice, son los corazones./Veo entonces la fragua incesante de un corazón latiendo desde el comienzo hasta el fin,/el incesante corazón palpitando en los años, en los bosques, en el odio, en el sueño,/haciéndose más fuerte cada vez, más templado, más duro./Y pienso en esa guerra final entre el corazón, manantial de lo rojo, y el fuego,/entre el fuego que nutre y el fuego que destruye./El hombre que me guía me dice: muchas veces el corazón no alcanza a consumirse,/y hay que tomarlo con varas de acacia, y arrojarlo a la corriente del Ganges,/para que el agua logre lo que no pudo el fuego.
*Jochy Herrera es cardiólogo y escritor, Premio Nacional de Ensayo de la República Dominicana 2025. Autor de Carne y Alma: Imágenes de la corporalidad (huerga & Fierro, Madrid 2025).
