Leticia

El sol y las nubes juegan cartas para ver quién se queda con el mediodía.

Las nubes ganadoras dejan caer peces y delfines en las calles de Leticia.

(Si pierden, bajan con sus gafas oscuras a tomar el sol con los turistas).

Los peces trabajan de taxistas y al anochecer suben a dormir en las estrellas.

En los patios de las casas los delfines tocan sus guitarras y enamoran a las muchachas.

El corazón ardiente de una nube dice que no puede competir más con el sol.

Se emborracha y se tira con sus ropas al río.

El sol trabaja todas las noches como tragacandelas del circo que viaja por el río

Y después se baña con los delfines y las muchachas. 

Mi padre se vino a vivir al Amazonas para enseñarles a

los indios a armar rompecabezas con las nubes.

Para ayudarle, por las tardes mi hermano y yo

corremos tras las nubes desocupadas que pasan allá arriba.

Las nubes aparecen y desaparecen 

como si fueran pensamientos.

Cerca de nuestra casa muchos indios hacen cola

para armar rompecabezas con las

nubes que les son más familiares.

Aquí unas nubes se parecen a los árboles,

y otras les recuerdan los pirarucús.

Por allá los indios buscan una nube para completarle la

cabeza a un armadillo.

“Con el agua de los ríos y los juegos de ciudad”, les

escribe mi padre a sus amigos, 

“nuestros indios se divierten y aprenden a pensar”.

A mi hermano y a mí nos gustaría mejor que las nubes

se volvieran merengues para comérnoslas con leche a la

hora de la cena.

Nubes

Cometas

Por falta de papel para hacer las cometas,

echábamos a volar nuestras ventanas.

Las ventanas con s us delantales blancos 

nos decían lo que miraban.

Pero los indios que veían volar nuestras ventanas

no tenían ni casa ni ventanas para echar a volar siquiera

una cometa.

Era natural que los indios quisieran hacer volar 

alguna cosa.

A cambio de pescado podrido, los gallinazos que volaban 

en círculos se dejaban amarrar un hilo al cuello

y les servían de cometas a los indios

Historia

En el norte cazábamos muchos búfalos

y la grasa nos calentaba todos los inviernos.

Pero en la selva nos dijeron que para traer más luz

le echáramos más árboles al fogón del sol.

Un día se nos fue la mano, y le echamos toda la selva

con sus pájaros, los peces y los ríos.

Ahora pasamos mucho tiempo mirando las estrellas

y casi nunca cambia el menú de nuestra caza.

Hoy hemos cazado una nube

que iba a ser invierno en la ciudad de Nueva York.

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