ELVIRA LINDO
Pasar desapercibida y escuchar, de ahí nacen las historias
Entrevista: David Rey Fotografía: Elvira Lindo

Dani se hizo un lío con el tinte y le aplicó Carrot Cake. Dani tenía su peluquería en Queens, donde era mucho más barato arreglarse que en Mahattan, porque, para Elvira Lindo ir a Queens no era solo ahorrar en el peluquero, era mantener los pies en la tierra en una ciudad como Nueva York, donde la tentación de sentir que se camina a cinco metros sobre el hielo puede sobrevenir con tanta facilidad. Elvira se sabe de barrio y reivindica ese espacio, tanto en sus obras como en su conversación. Un lugar donde te conozcan aunque solo sea de vista; donde puedas o te puedan socorrer; donde leas el mundo desde la charla con los vecinos. Y sí, Dani, sigue recordándote y aplicándose el naranja Carrot Cake.

Los tiempos que vivimos nos han mostrado que ante la incertidumbre uno necesita tener espacios o zonas en el sitio en el que vives donde te sientas abrigado, donde la gente te conozca, aunque sea de vista. Es una especie de abrigo ante la intemperie que te ofrece el mundo. Esas pequeñas conversaciones cotidianas nos hacen sentir que pertenecemos a una comunidad.
Se habla mucho de una generación de jóvenes que se están yendo hacia la extrema derecha. A mí me gustaría también hablar de los jóvenes que no son así y que reivindican esos lazos humanos. Creo que pueden servir de contrapeso y de inspiración.
¿Crees beneficiosa la mezcla entre distintas culturas?
Viví unos años en Nueva York y realmente ahí es donde empecé a darme cuenta de la riqueza que suponía que llegara gente de todas las partes del mundo. Todo lo que entra en la cultura: distintas religiones, la comida, la música, el comportamiento… Era una ciudad acostumbrada, se había creado con la inmigración, se vivía de una manera creo que bastante natural, siempre con sus tensiones. Había una comunidad italiana muy fuerte, irlandesa, anglo, por supuesto, judía, etc. Mi portal se iba adornando con los distintos adornos de una u otra religión. Pero las cosas se pueden ir perdiendo, porque ahora, con esta persecución que hay de los inmigrantes, latinos, sobre todo, que son los que sostienen en gran parte el país, Estados Unidos se está resintiendo. Creo que fue ahí donde yo me di cuenta de hasta qué punto en España habíamos estado cerrados tantísimo tiempo.
Y luego todo eso fue cambiando porque España se fue abriendo, empezaron a llegar inmigrantes y empezó a cambiar. Pero, de la misma forma que está pasando en Estados Unidos, hay una ola de regresión que entiende que los inmigrantes perjudican. Y considero que este momento es muy alarmante y muy triste.
¿Cómo te gustaría que fuera el barrio?
Me gustaría que fuera una ciudad más preparada para el futuro que nos espera, desde la autoridad política, con un plan de amparo a las personas más débiles que viven en ella.
Me gustaría que fuera una ciudad más verde, que fuera más consciente del clima. Me parece que es una ciudad que ha cedido todo su territorio público al tráfico, creo que está desbocada en ese aspecto.
Los peatones no importamos mucho, nos han ganado el terreno absolutamente. Todo lo que vaya sobre ruedas ha invadido las aceras y esto hace que las personas que solo andamos nos sintamos algo inseguros. Eso ha pasado en sitios como el Retiro o el maravilloso Madrid Río. A mí me gustaría que se entendiera que los parques están para que la gente camine tranquilamente.
Y ahora en el Retiro se me cruzan personas rodando y veo como diez turistas seguidos que van conociendo el parque. Hay cochecillos que alquilan, las bicicletas a veces se pasan de velocidad, por otro lado están los patines, sales del Retiro y las motos invaden la acera porque es donde aparcan…
Entonces se hace un poco antipática la ciudad y muy contaminada. Y si es una ciudad en la que están talando árboles para construir aparcamientos, como ha sucedido en la Plaza Santa Ana, pues me siento desamparada y siento que la ciudad está yendo hacia una especie de caos y agresividad que al final nos afecta a todos.
Me gustaría, sobre todo, que sea más tranquila, que haya menos ruido… Yo creo que una ciudad tiene que tener un plan medioambientalista. No creo que en la ciudad en la que pago mis impuestos esto esté sucediendo.

¿Qué te sugiere el título “Letras de Barrio”?
En lo que a mi escritura se refiere, creo que uno no elige realmente aquello que escribe, sino que siente una atracción muy íntima hacia determinados personajes y paisajes. A mí me marcó mucho llegar a un barrio periférico de Madrid, un barrio todavía sin hacer, con una población de distintos lugares de España.
Los barrios estaban muy vivos, había una fuerza vecinal muy potente y muy presente en la política de los últimos años de los setenta y los ochenta. Es natural que cuando empecé a escribir libros, quise escribir historias que tuvieran que ver con aquel paisaje un poco áspero, pero al mismo tiempo muy acogedor por la libertad que ofrecía a sus habitantes.
Surgió de una manera natural, era el paisaje urbano en el que yo me había hecho una adulta y, como decía Max Aub, eres de donde has hecho el bachillerato. Creo que eso influyó al menos en todas las primeras obras que escribí. Luego he ido cambiando de ciudad y el apego al barrio ha sido siempre importante. Yo he procurado echar raíces en el lugar en el que estuviera mi casa. Eso me ha creado un lazo muy fuerte con los lugares en los que he vivido.
De qué manera influyen los barrios en tu literatura.
Es una inspiración, sobre todo en el tipo de personajes. Me ha interesado siempre ese misterio de las personas generalmente de clase trabajadora. Siempre he sentido atracción hacia las personas que llevan una aparente vida normal. También es algo que tiene que ver con mi carácter, soy una persona curiosa. Para mí lo mejor en ese aspecto es pasar desapercibida y escuchar. Y de ahí nacen las historias.
Aunque nosotros nos mudamos muchísimo de ciudad en ciudad, mi madre es de un pueblo y todas estas personas, con sus oficios, que saben tanto de lo que hacen, que lo hacen tan primorosamente… Tal vez es egoísta que te cuenten su vida o que te cuenten algún secreto. Decían que Truman Capote era un peligro cuando charlaba con la gente porque iba pillando secretos de aquí y de allá.
Yo no soy tan traicionera, pero sí que me resulta una inspiración inconsciente. Y en la ciudad, donde encontré mi primera casa en Madrid, éramos todos hijos de inmigrantes de distintas partes de España. Casi todos los niños teníamos un pueblo que nuestros padres habían dejado atrás.
Creo que los barrios han perdido ese poder que entonces tenían sobre la propia vida política, había muchas manifestaciones y las asociaciones de vecinos, es decir, la gente normal y corriente, eran las que movilizaban todo esto. Si eso lo viví yo desde los 12 años, cómo no iba a afectarme en la manera de entender la vida.
No sentí jamás que estuviera en un sitio marginal. Para mí, mi barrio era el principio y el fin del mundo. Cruzabas la M-30 y ahí estaba Madrid.
Madrid para mí era la ciudad y mi barrio estaba fuera de la ciudad, pero en ningún momento lo sentía como marginal. Era el sitio donde yo iba andando volviendo del colegio, podía salir a la calle, donde empecé a ir a los primeros bares… Donde podía moverme libremente. Tenía 16 o 17 años cuando sentí atracción por el centro de Madrid. Antes vivía en una inocencia total que se rompía cuando decíamos “vamos a Madrid” y cogíamos el autobús porque mi madre nos iba a comprar ropa o nos llevaba a una cafetería del centro. Pero es como si yo fuera a otra ciudad. Mi ciudad era mi barrio.
En tus obras a menudo los personajes se configuran relacionándose con sus familiares y amigos. ¿Son estas relaciones las que configuran nuestras comunidades?
Naturalmente, nuestra realidad la configuran las personas que nos rodean. Están los seres queridos, pero luego, algo importantísimo, los conocidos, que son los que forman un tejido social.
Yo me siento en mi casa cuando voy por unas calles en las que me puede pasar cualquier cosa y alguien me va a socorrer. Cuando no soy una persona que no le importa a nadie. Diría que ese entorno no lo crean tus seres queridos que pueden estar lejos, sino que lo crea el propio tejido vecinal del cual forman parte los comercios, los bares… todas esas cosas. Y yo creo que hubo un momento, tal vez cuando entraron los ochenta, en el que la vida vecinal perdió fuerza y en el que a lo mejor nosotros, con ánimo de un cierto cosmopolitismo, perdimos esa idea antigua de lo importante que eran los contactos cotidianos con la gente.

