Brus Rubio
La memoria de los pueblos murui-bora en llanchama
Entrevista y fotografía: Juanjo Fernández

Soy pintor autodidacta perteneciente a los pueblos originarios murui y bora, de la Amazonía peruana. Vivo en Pucaurquillo, una comunidad ubicada en la cuenca del río Ampiyacu en la región Loreto. Desde muy niño, escuchaba de mis padres historias fantásticas cuando estábamos en la chacra, pescando, o conversando en casa durante las profundas noches amazónicas. Esos relatos alimentaron mi imaginación y mi sensibilidad por la naturaleza y los grandes misterios de la vida. Además me enriqueció conocer el mundo occidental, respetarlo, e interactuar. Todo esto está en mi obra.

-Has hablado de la inspiración en la mitología y rituales de tu pueblo, pero tu obra recoge más temáticas.
- Sí, mis pinturas también abordan temas sociales, históricos y políticos que afectan a mi pueblo y a la Amazonía en general, tales como la contaminación ambiental, los crímenes de los caucheros contra mis antepasados, la corrupción y los agentes externos que imponen programas de desarrollo sin conocer la realidad local.
-¿Puedes ampliar un poco más?
-Sí. Entrar a la maloca es un acto en el que debe haber, por encima de todo, respeto hacia nuestra historia, nuestras costumbres, nuestra cultura. En la maloca se mambea (consumo de la hoja de coca machacada y mezclada con tabaco) y se habla con los espíritus de la naturaleza de la que formamos parte. Ahora se está perdiendo ese respeto y se toma trago y nos dejamos llevar por el facilismo de los programas que vienen de fuera, desde empresas, gobiernos u ongs que no entienden que entrar en la maloca requiere un compromiso moral de vida, no solo con la comunidad, sino con uno mismo a través del cuidado de la salud, como ha venido haciendo nuestro pueblo
-¿Tu pintura está al servicio de esa idea de compromiso moral?
Sí. Frente a ideas impositivas que como te digo llegan de fuera, incluso desde las iglesias y pastores evángelicos, y se van instalando en las comunidades con violencia, mi pintura recuerda como Buinamá y Monallatirisa engendran al tronco de Yadico, fuente de la vida y la abundancia, por ejemplo, los niños lo ven y escuchan la historia, luego los invito a dibujarla. Fuera de la comunidad, en Lima o en Europa, el público ve la misma representación y queda fascinado por las formas, las figuras, el color. Todo llama la atención, entonces yo les explico que mi pintura solo puede visibilizar lo que existe, no son imaginaciones mías, es la manera como mi pueblo expresa su conocimiento de la naturaleza, como se integra en ella y hace fiesta porque nos provee de todo. El arte, de esta forma, puede sensibilizar y hacer llegar este mensaje a un espectador más conservador.
-Llama la atención en tu obra como integras los espacios que visitas a tu pueblo y su entorno.
- Para mí es un privilegio haber podido viajar. Hoy todos viajamos.Yo lo hago con mucho respeto, es tan grande la historia, la belleza, tantos los artistas cuya obra se puede ver en museos que me impone respeto, y desde ese respeto quiero integrar el conocimiento en mi obra. También reconocer cuanto nos falta aún por conocer y explorar. Ir más alla de los temas de exotismo, misterio y chamanismo que el comprador occidental busca. Hay muchas luchas y reivindicaciones que plasmar en nuestras pinturas, y lo estamos haciendo.

Brus desciende de la lancha que lo ha llevado a Pebas de madrugada. Su primo lo está esperando, aún faltan veinte minutos hasta llegar a su casa en motocar tras atravesar los 19 puentes que habitan la carretera hasta Pucaurquillo, paralela al río Ampiyacu.
Mañana irá a su estudio, construido en la chacra familiar. Allí lo esperan sus pinceles y sus grandes lienzos de llanchama, la corteza que sirve de lienzo. Le gusta cómo huele el ojé, ese gran árbol sagrado del que se obtiene. Cada trazo, cada pincelada, recoge la memoria de su infancia. Recuerdos de su padre, Mauricio Rubio, pintando para vender su obra a los turistas que iban o venían de la frontera; y a su madre, Marlen Churay, preparando los tintes naturales para la realización de cada pintura y el kasabe para el almuerzo.
Su padre, además, dedicó su vida a luchar por la memoria de su pueblo murui y contra las prácticas extractivistas que envenenan la tierra, el agua y las almas de sus vecinos.
Tiene que terminar las obras con las que participará en su nueva exposición individual en el Centro Cultural Inca Garcilaso de Lima y posteriormente en una galería de Madrid, donde lo veremos en octubre. Su obra no solo habla del conocimiento ancestral de sus dos pueblos, murui y bora, a través de las fiestas, las historias, los cantos, las máscaras... También establece un diálogo con occidente desde el respeto y la curiosidad.
-¿Cómo aprendiste?
- Mi creación refleja una gran alegría cósmica porque está inspirada en los dioses y personajes míticos, en las fiestas y rituales, en la minga y faena agrícola, en la magia y belleza de los peces y animales, en el canto, la visión y la palabra sagrada de mis ancestros. Todo eso es parte de mi existencia, de mi forma de pensar, de sentir y mirar el mundo, y esa es la forma de aprender, reconocer el entorno, el río, el bosque, mis clanes, y al hacerlo sentirte único frente a la naturaleza.
-¿Y la técnica pictórica?
- Empecé a pintar de niño. Pasaba horas mirando a mis padres. Mi padre hacía pinturas que compraban los turistas. En 1994 se presentó a un concurso en el que quedó tercero, y que acabó ganando mi primo Victor Churay, diez años mayor que yo. Victor fue muy importante para toda una generación de artistas. Viajar a Estados Unidos y Europa me ha dado la oportunidad de conocer obras de grandes maestros cuya contemplación ha sido otra escuela.
