Educar, educar, educar, y aprender,
sobre todo aprender
Texto: Miguel Martí*
Fotografía: Juanjo Fernández


Llegar a Monte Calvario no es fácil, en el corazón de la selva loretana (Perú), la duración de la travesía depende de la altura de las aguas de los ríos, que en una alternancia anual entre los ciclos de crecientes y decrecientes marcan el ritmo de la vida. Los moradores de Monte Calvario y las comunidades aledañas a esta comunidad campesina viven entre la sabiduría que da vivir en mitad de una naturaleza como la amazónica, y la ignorancia que produce los deficientes recursos educativos a causa del abandono de las instituciones. Desde SUYAY llevamos casi diez años tratando de paliar este déficit, y en ocasiones, consiguiéndolo.
A cinco o seis horas de la ciudad amazónica de Iquitos, remontando el tranquilo y caudaloso río Nanay en barca rápida, a la salida de un amplio meandro nos topamos con la boca del río Pintuyaco, más estrecho y revirado que el primero. Y desde este punto hasta alcanzar las comunidades campesinas de Monte Calvario, Saboya y Miraflores quedan aún más de tres horas de viaje en barca rápida. Son comunidades pequeñas, de no más de 70 personas, levantadas con palafitos de madera, armados con cariño y destreza a la orillita del río, y cercadas por un denso muro de árboles que parece impenetrable y amenazador. Es así como se percibe desde el río la generosa, aunque imprevisible, selva inundable del Amazonas, la más rica y extensa: el pulmón del mundo.
En este enclave grandioso, el ser humano toma la medida real de su propia insignificancia, abrumado por la exuberancia de la naturaleza, de la Vida. Y quienes lo contemplamos por primera vez, llegados de lugares muy distintos, nos quedamos maravillados por la desprendida sabiduría de los comuneros y comuneras, quienes con pies ligeros y manos hábiles, curtidas por el sedal y el machete, se procuran del bosque su sustento: tejen hoja para techar las casas, cortan a pulso enormes troncos con los que levantar los palafitos, cazan de noche y de día en las profundidades del monte animales de apariencias inconcebibles y pescan con pulso firme, templado, en remotas cochas (lagunas) de aguas profundas y negras.
Durante casi cinco años, tuve la fortuna de que estas gentes sabias y generosas nos acogieran en sus comunidades gracias al programa de estudios de primaria y secundaria para niñas, niños, adolescentes y adultos que desde la Asociación Suyay les ofrecimos. Y el equipo de voluntarios facilitadores del Programa IRFA, que actualmente continúa con el proyecto y que pasa tres semanas al mes en las comunidades, se esfuerza en lograr que los y las estudiantes adquieran los conocimientos necesarios para obtener los títulos educativos que a cada cual le corresponde.
Este programa, que lleva en funcionamiento casi una década, ha ayudado a sus beneficiarios a ampliar sus posibilidades de futuro más allá de sus comunidades. Por supuesto, el programa también ha contribuido enormemente a que mejoren la gestión de sus comunidades al desenvolverse con mayor facilidad en la contabilidad y la administración de sus libros de actividades comunitarias. La mejora en habilidades matemáticas, comprensión lectora y redacción les permite actualmente relacionarse con la administración local y central, que hasta allí se acerca con nuevos proyectos e iniciativas, y con pequeños promotores empresariales en busca de acuerdos económicos con la comunidad, en un plano de entendimiento que no se había alcanzado hasta entonces.
Los conocimientos milenarios que se perderían, en caso de que las gentes del monte tuvieran que irse a la capital para poder subsistir, serían irrecuperables, ¿cómo volver a saber qué plantas, de entre las miles de especies amazónicas existentes, son comestibles, medicinales o tóxicas? ¿Cómo aprender de nuevo a protegerse de las sanguijuelas que moran en los arroyos y que te chupan la sangre al pegarse al cuerpo? ¿Cómo gestionar el bosque sin acabar con él y sin usar maquinaria pesada? ¿Cómo trasportar durante días la madera por el río en un tambito con la familia entera? Una forma de vida ancestral se desvanecería para siempre… Y sin estas comunidades cuidando y protegiendo su territorio, la llegada masiva de dragas ilegales de oro que contaminarían las aguas de metales pesados, de madereros industriales que arrasarían el bosque, de cazadores furtivos que extinguirían especies enteras… sería inevitable y supondría el fin de la Amazonía tal y como lo conocemos.
Estoy convencido de que gracias a proyectos como este, en donde los valores promovidos son el respeto, la cercanía, el aprendizaje mutuo…, la convivencia, se trasforma la realidad hacia un mundo más justo y humano, en el cual la formación, la educación, son las herramientas idóneas para conseguirlo.
*Miguel Martí es activista en defensa de los Derechos Humanos y autor de novelas como Hacia el este del río Congo y Sísifo en el abismo.





