LA PINTADA ANTES QUE LA PALABRA
Las paredes y los muros han servido desde siempre como lienzo propicio desde el que lanzar a los cuatro vientos los más diversos mensajes
Ignacio Vázquez Moliní*

Mucho antes de que existiera la escritura, incluso antes de que apareciese el lenguaje, un impulso vital impelía ya a nuestros ancestros, al igual que nos mueve ahora también a nosotros, a dejar alguna marca personal en cualquier sitio favorable. La palma de la mano cubría entonces los recovecos de las cuevas. De la misma manera, el adolescente enamorado grava en la corteza de un árbol, dentro de un corazón, sus iniciales junto con las de su amada. El otrora famoso Muelle, llenó con su firma las esquinas de todos nuestros barrios. Los grafiteros embadurnan, con sus botes de pintura fosforito, tanto los vagones del metro como las sillerías venerables de los monumentos más solemnes.
Puede que alguien recuerde todavía aquellas peñas del Guadarrama pintadas en grandes letras negras con el reclamo de Ulloa Óptico, y no olvidemos tampoco que, en tiempos de Moisés, hasta los piadosos hebreos pintarrajearon los dinteles de sus casas para que el ángel exterminador no arrebatase la vida de sus hijos primogénitos.
Las paredes y los muros han servido desde siempre como lienzo propicio desde el que lanzar a los cuatro vientos los más diversos mensajes. Las calles del foro romano estaban repletas de pintadas pidiendo el voto para un pretendiente a pretor, denunciando las corruptelas de los cónsules, o desvelando las miserias conyugales de algunos vecinos. Las catacumbas de los primeros cristianos rebosan grafitis de todas las épocas, al igual que las más venerables mezquitas, donde las inscripciones piadosas se entremezclan con los nombres de los fieles de antaño.
Pintarrajear las paredes es el resultado de un impulso atávico del que es difícil escapar, por mucho que las autoridades se esfuercen en reprimirlo, imponiendo sanciones tanto a diestros como a siniestros. Cierto es también que, cuando la autoridad se relaja, o cuando se ve cuestionada, es cuando con más fuerza aparecen las pintadas. Mensajes de todo tipo cubren entonces las paredes. Los muros se llenan de pintadas, superponiéndose unas a otras en una guerra sin cuartel, en la que los tachones son la munición que aniquila los colores del partido contrario.
Las calles de Nanterre y de Saint-Germain-des-Prés, n mayo del 68, desbordaron de pintadas contradictorias, pidiendo lo imposible o buscando la playa bajo los adoquines. Durante la Revolución de los Claveles, las recoletas calles de Lisboa se llenaron hasta rebosar de pasquines y pintadas de todo tipo, muchas escritas con el primor que caracteriza a nuestros hermanos portugueses, de tal manera que algunas han sobrevivido hasta hoy en día. Quien pasee sin prisas por la capital del país vecino descubrirá en letras de molde, pintadas en rojo sobre el muro de un vetusto palacio, la indignación de alguien que exclamó para siempre “Abaixo Spínola”, igual que, no muy lejos, verá cómo otro plasmó su admiración permanente por la Albania socialista.
Es también en Portugal donde se encuentran las pintadas más poéticas del mundo. En el malecón de Estoril un enamorado pide que le poesíen en la arena; otro, ha añadido que también lo hagan en el agua, y un tercero, en fin, que siempre sea en el aire.
*Ignacio Vázquez Moliní (1963) es abogado, doctor en Filología Hispánica y funcionario internacional. Completó su formación en las Universidades de Túnez, Malta y Beirut Es autor de numerosas obras de poesía, relato, ensayo y narrativa, entre las que destacan La embajada roja en Lisboa (Alud editorial, 2013).
