De barrio, ayer y hoy (continuación)
Juanjo Fernández

Mis primeros recuerdos son entrar en casa por la ventana de la habitación en la que trabajaba mi padre. La calle desde la que trepaba era de tierra, como todas las de la colonia de las Margaritas, un barrio al norte de Getafe; una ciudad al sur de Madrid. Eran los últimos años de los sesenta, mis padres habían regresado de Alemania en el 68, como tantos otros españoles que habían emigrado en los cincuenta y sesenta en busca de oportunidades; como tantos latinos, magrebíes o africanos que lo hacen ahora y ayudan con su trabajo a sostener nuestro crecimiento y desarrollo.

El barrio que recuerdo de mi infancia, lo volví a encontrar años después en Candelaria, un cerrito en Villa María del Triunfo, en Lima. Las mismas calles de tierra, las mismas necesidades básicas, los mismos vecinos emigrados buscando oportunidades, Dejaban sus comunidades de la sierra huyendo del terrorismo de Sendero y de la respuesta de un ejército mal formado y peor dirigido que mataba tanto como los terroristas.

Los vecinos se organizaban, buscaban apoyos o protestaban ante unos y otros porque las necesidades eran más acuciantes que políticas. En aquella España franquista, en la que partidos políticos y sindicatos estaban prohibidos, las asociaciones vecinales y algunas parroquias ocupadas por los llamados curas obreros eran los vehículos organizativos para pedir ambulatorios, calles asfaltadas o camiones de la basura. En el Perú actual, en el que la política no existe, los vecinos se organizan en torno a las ollas comunales y trabajan en mingas para asfaltar una calle o levantar una escalera que les ayude a vencer el cerro. 

Cuando nos mudamos lo hicimos al centro de Getafe, a una calle "peatonal" donde podía seguir jugando sobre la tierra a las chapas en verano o a la lima en invierno. Había una discoteca heavy  en el centro de la calle a la que acudían bandas de los diferentes barrios del sur de Madrid, el sur industrial. Los sábados por la tarde veía como pasaban los jóvenes con sus chupas de cuero llenas de cadenas y tachuelas para entrar a la Miami o la Piscis. Cuando salían, por la noche, las bandas se enfrentaban. En mi memoria queda el informe que la vecina del quinto, mujer de policía, nos facilitaba, tres muertos que yo recuerde, y la visión, agazapado en la terraza de la cocina, de carreras, palizas, cadenazos, cuchilladas. 

Hemos vuelto al barrio porque no podemos pagar el centro, la amenaza no son las disputas entre bandas sino las hordas de turistas que ocupan un espacio que un día sentimos que nos pertenecía. Quizás solo fue una ilusión, solo nos dejaron estar de paso mientras los vientos económicos y políticos volvían a soplar a su favor. Quien genere más beneficio, ese se quedará.

Y volvemos a organizarnos en torno al barrio, a los vecinos, a los conocidos; en torno a una librería, a una asociación cultural que también es galería y enseña español a los emigrantes; y volvemos a aprender a vivir juntos a pesar de todo el ruido político y mediático que nos rodea. 

Aquí, acá, resolvimos las necesidades básicas entre todos. Antes; ahora. Aquí, necesidades y derechos que estaban muy atrás en la lista son ahora prioridad: la mujer y todos sus derechos y reconocimientos; la convivencia en diversidad de sexo, de raza, de religión; la atención a las poblaciones más vulnerables; la salud mental; y más, y más.

Allá, allí, tanto por hacer. Con el apoyo de las remesas de los que vienen y trabajan, con su experiencia que cuenta como es una sanidad pública que cura, una educación, también pública, que enseña, una policía que no cobra coima. Soñar con que el sueño se haga realidad. 

Los sesenta coincidieron con una tardía revolución industrial de altos hornos, astilleros, fábricas... Ahora vivimos en una nueva revolución tecnológica en forma de IA, robóts, drones, redes sociales, nuevas formas de relacionarnos. De aquella salimos más bien que mal, y lo hicimos juntos, desde el barrio. Ahora nos toca a nosotros volver a hacer lo que hicieron nuestros padres o abuelos, también juntos, también desde el barrio.

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