CRUZ DE ISRAEL
Por supuesto, no es el único barrio cuyo nombre hace referencia a la religión, pues la esperanza del migrante siempre está acompañada de una fe inquebrantable
Jack Matínez*

Mirando la foto con detenimiento, se leerá el nombre de la asociación de mototaxis que sube y baja de uno de los tantos cerros de San Juan de Lurigancho: “Cruz de Israel”. San Juan de Lurigancho es el distrito más poblado de Lima, con más de un millón de habitantes, casi todos migrantes o hijos de migrantes.

Veinticinco años antes de que el ojo de Juanjo captara esta imagen, es decir, cuando todavía no existían esas mototaxis y el lugar estaba despoblado, mi familia y yo, como muchas otras, llegábamos desde el interior del país a las faldas de este cerro para intentar reconstruir nuestras vidas. El sueño era el de siempre, el de todo migrante pobre: tener las oportunidades que solo prometía la capital: mejor trabajo, mejor educación, mejor salud. 

Pero la Lima de aquellos años ochenta y noventa nos despertaba de ese sueño de inmediato y con violencia. El único lugar que nos ofrecía para habitar era un espacio desértico a las afueras de la ciudad, sin agua ni desagüe, sin electricidad ni depósitos de basura. Ese desierto vacío se llenaba entonces con la vida de los recién llegados. 

Y crecí junto con el barrio. Mudaba de dientes mientras se instalaban los primeros postes de alumbrado público, me enamoraba por primera vez jugando a las escondidas entre las zanjas que se abrían para recibir a las enormes tuberías del desagüe, comenzaba la escuela secundaria cuando asfaltaban las primeras avenidas.

Caminábamos por veinte minutos para tomar el bus. Pero esas largas caminatas terminaron por fin con las mototaxis, a mediados de los noventa. Tenía quince años y me junté con unos señores desempleados y juntos fundamos la asociación de mototaxis que aparece en la foto. En aquél entonces éramos dieciséis. Ahora la asociación tiene más de cien integrantes. 

La asociación se llama “Cruz de Israel” porque el barrio se llama Israel y tiene una cruz plantada en medio del cerro. Y el barrio se llama así porque en sus orígenes, cuando nadie llegaba hasta allí, un grupo religioso peruano, llamado Los Israelitas, liderado por un autoproclamado profeta de los pobres, rondaba esos lares para captar nuevos fieles. Por supuesto, no es el único barrio cuyo nombre hace referencia a la religión, pues la esperanza del migrante siempre está acompañada de una fe inquebrantable. Así, se crearon los otros barrios alrededor: Juan Pablo II, La Sagrada Familia, Señor de los Milagros. Y, por supuesto, la estación más cercana: Santa Rosa de Lima.

Veo la foto y creo que las mototaxis son las máquinas que mejor reflejan el fenómeno migrante. Como los migrantes, estas mototaxis no son del lugar, vienen de afuera; no están diseñadas para recorrer largas distancias, pero lo hacen; con frecuencia llevan más peso del que deben y aún así se trepan a los cerros. Cuando la lógica parece dictar lo contrario, llegan a su destino la mayoría de veces, magulladas, destartaladas, con poca energía, pero llegan. No es el escenario ideal, claro que no. No es justo, claro que no. Pero ese empuje migrante nunca ha dejado de conmoverme.

*Jack Martínez es escritor peruano autor de las novelas Bajo la sombra (2014), Sustitución (2017) y Te he seguido (2024). En la actualidad es Profesor de Literatura y Escritura Creativa en Hamilton College (Chicago, EEUU).

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