EL ARTE AMAZÓNICO ICARA OCCIDENTE
Texto: Guillermo López Gallego*
Fotografía: Juanjo Fernández

Olinda silvano, artista shipibo - konibo. Museo Lázaro Galiano (Madrid)

Hace falta que instituciones, comisarios, críticos y demás mediadores y explicadores trasladen algo del contexto histórico y cultural del que salen las obras: el impacto de las guerras del caucho, de la esclavitud al programa de aculturación y los movimientos forzosos de población dentro de la región; la cosmovisión amazónica y el papel de la cultura del ayahuasca en las comunidades del río; el impacto de la degradación medioambiental que causa la locura extractiva de la minería ilegal, de los madereros y los oleoductos.

Hace varias semanas, estuve en la inauguración de la exposición Somos raíces, del artista uitoto Santiago Yahuarcani y la artista tikuna y cocama Nereyda López, comisariada por Rember Yahuarcani e Isabella Lenzi (Círculo de Bellas Artes, Madrid, del trece de junio al catorce de septiembre). En cierto modo, López y Yahuarcani vienen a culminar un año en que el arte amazónico ha estado muy presente en Madrid y España gracias a las muestras Amazonias.

El futuro ancestral, comisariada por Claudi Carreras, en el CCCB del trece de noviembre de 2024 al 25 de mayo de 2025; Amazonía Contemporánea. Colección Hochschild Correa - Perú, comisariada por Christian Bendayán y Luis Pérez Oramas, en el Museo Lázaro Galdiano del seis de febrero al seis de abril; Trópico sin tópico: Amazonas, comisariada por el colombiano Halim Badawi, en Centro Centro del trece de febrero al 22 de junio; y la sección Wametisé en ARCOmadrid 2025, comisariada por Denilson Baniwa y María Wills, con la colaboración del Institute for Postnatural Studies de Madrid.

Así mismo, últimamente y en otros lugares de Europa, el propio Rember Yahuarcani fue uno de los artistas de los que más se habló en la justamente criticada Bienal de Venecia de 2024, con una muestra comisariada por Miguel López que extendió el éxito que tuvo Christian Bendayán, esta vez como pintor, en la Bienal de 2019, con la muestra Indios antropófagos, comisariada por Gustavo Buntinx. También en 2019, unos meses antes, Perú fue el país invitado en ARCOmadrid, donde el pabellón institucional estaba albergado en una maloca –la vivienda tradicional de la Amazonía peruana, «centro de encuentro y saberes en los pueblos del río Amazonas»– diseñada por Jorge Villacorta (comisario), Paulo Dam (arquitecto) y Kiko Mayorga (ingeniero electrónico), y que, pensada desde hoy, anticipaba el amazofuturismo de Wametisé. En el programa complementario de ARCOmadrid 2019, diseñado por Fietta Jarque, la artista shipibo-konibo Olinda Silvano encabezó el equipo que pintó un mural en el muro perimetral de Matadero Madrid, que también albergó la muestra Amazonías curada por Gredna Landolt y Sharon Lerner. Y el artista uitoto y bora Brus Rubio Churay hizo una residencia también en Matadero.

Por último, el Shipibo-Konibo Center de Nueva York ha hecho mucho por la difusión de prácticas muy concretas de la Amazonía peruana, en un intento de introducirlo en galerías, muestras y colecciones análogo al que hace unos treinta años lanzó el arte indígena australiano a los mercados desarrollados.

Seguramente, todos estos hitos jalonan la consolidación del arte amazónico en Occidente, es decir, en Europa y parte de Estados Unidos. Habría mucho que decir sobre la forma en que se recibe este arte, sobre los callados motivos de una sociedad y una cultura asomadas a las angustias del fin de ciclo, entregadas a la perenne búsqueda de autenticidad y buenos salvajes que acompaña el desarrollo sentimental de Occidente desde el Romanticismo. Habría mucho que decir, pero casi todo se dijo clara y brillantemente y hace decenios desde las posiciones de la teoría poscolonial y el giro descolonial, y más recientemente, como acabo de señalar, con motivo de la última Bienal de Venecia, (Extranjeros en todas partes).

Somos raíces, Santiago Yahuarcani y Nereyda López. Circulo de Bellas Artes (CBA), Madrid

Al igual que artistas andinos como Venuca Evanán, muchos de los citados se hallan en un ubérrimo cruce de caminos, el de una tradición visual muy marcada, colectiva y aferrada a sus modos históricos, y el de la idea del artista romántico, solitario, genial y original. Formas opuestas de entender el arte, pero conciliadas en la práctica de unos artistas que se están incorporando al debate global, como se puede ver en la obra reciente de Rember Yahuarcani y en la colaboración de Olinda Silvano con Harry Chávez, por ejemplo. El primero, cada vez más alejado formalmente de su tradición pictórica, utiliza lienzos y fondos negros con relámpagos de pintura dorada que parecen actualizar recursos del Barroco, sobre los que aparecen inquietantes seres híbridos nacidos de la cultura selvática, pero cercanos a las delirantes visiones de El Bosco. Silvano y Chávez, por su parte, reinterpretan con cinta, lentejuelas y agramán los tradicionales kenés del pueblo shipibo-konibo –el sistema de diseño que aparece en rostros, cuerpos, cerámica, tejidos, coronas de chamanes y bandas de chaquiras; los kenés plasman como mapas los elementos del universo superpuesto sobre el que conocemos al que llevan las visiones del ayahuasca.

En fin, todo lo anterior me lleva al punto al que quiero llegar: cuando se expone en Europa, que por suerte es de forma cada vez más habitual, el arte amazónico pide un esfuerzo de contextualización mayor que el hecho hasta ahora. Tengo la impresión de que el visitante no puede disfrutar del todo ni de la muestra Somos raíces, ni en realidad de casi ninguna de las que he citado. Es necesaria una idea cabal de la tradición visual, el uso de herramientas únicas como la llanchama, los pigmentos naturales del entorno de la selva y los pinceles, además de las tradiciones simbólicas: a ver, ¿de verdad puede apreciarse un kené sin entender que no es una abstracción geométrica, sino una representación del universo o un relato histórico? Cuando Olinda Silvano vende una obra, le explica a esta con su canto que va a cambiar de manos: ¿no es fundamental saberlo al verla, y mucho más, al comprarla en una galería occidental u occidentalizada? ¿Se puede apreciar la individualidad de Rember Yahuarcani sin conocer cuándo y cómo se separa de la tradición de la que proviene?

Diría que es responsabilidad de cada uno, además, informarse. De lo contrario, seguramente acabará uno repitiendo los errores de Mario Vargas Llosa en la comisión que investigó la masacre de Uchuraccay, o en El hablador, novela de 1987 sobre un contador de historias itinerante perteneciente a la tribu machiguenga de la Amazonía peruana. O sea, imponiendo una mirada orientalista y viendo en todas partes, no desconocidos sino espejismos, inexistentes buenos salvajes, o peor todavía: malos salvajes y antropófagos, como critica con sarcasmo Christian Bendayán.

*Guillermo López es poeta, traductor y diplomático de carrera. Entre Entre 2018 y 2021 ocupó el cargo de Consejero Cultural y Científico en la Embajada de España en Lima..

Lastenia Canayo en el Lázaro Galiano 

Instalación recreando el bar Refugio de Iquitos en el CCCB (Barcelona)

© CCCB, 2024, Martí Berenguer

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